Texto: Óscar Martínez/ Fotos: Edu Ponces
Octubre y noviembre de 2008, estado de Chihuahua.
La pregunta que queríamos respondernos cuando llegamos a Ciudad Juárez era por qué había muerto un lugar de cruce tan prometedor, tan cercano a El Paso, Estados Unidos. Pero tras el primer día en la que se dice que es la ciudad más violenta del mundo la cambiamos: ¿Qué diablos pasa aquí? Gracias a los breves testimonios de personajes anónimos logramos esbozar esta respuesta en forma de diario de viaje. Un día a día marcado por las balas, el muro, los muertos, los narcos, los deportados y los pocos y espantados centroamericanos que aún se asoman.
Ciudad Juárez, México. Viernes, 31 de octubre
El puente internacional Paso del Norte, mejor conocido como puente Santa Fe, escupe a decenas de mexicanos deportados. Es el día de mayor movimiento. Cada viernes a las 5 de la tarde, aviones provenientes de todo Estados Unidos aterrizan en El Paso, Texas, la ciudad vecina de Ciudad Juárez. Los indocumentados son trasladados hasta el puente, que pasa por encima del muro fronterizo. Salen desorientados con una bolsa de plástico en sus manos, donde llevan el acta en la que consta su forzado regreso a casa.

Canal que divide El Paso, Texas, de Ciudad Juárez visto a través de las rejas del puente de cruce fronterizo. Ciudad Juárez, Chihuahua (Edu Ponces)
Algunos apenas hablan castellano. Preguntan con su “spanglish” cómo llegar a su pueblo, del que apenas se acuerdan. Otros ni siquiera tienen familiares en México. “17 años allá”, dice el joven que voltea estupefacto a ver la avenida Juárez. Hay tanta diferencia entre este y el otro lado del puente.
Los encargados del Grupo Beta ofrecen transporte a los recién llegados, y el motorista del albergue de Ciudad Juárez les propone un aventón gratuito hasta la casa de acogida administrada por frailes dominicos.
A algunos les cuesta dar los pasos que los alejan de la puerta de salida del puente Santa Fe. Se quedan ahí cerca, observando su país sin avanzar. Otros, con apariencia de cholos, salen confiados, caminan altaneros con sus llamativos tenis, sus pantalones flojos, sus aretes y sus cadenas con enormes colgantes. Los que salen con sudadera y pantalón grises son los que acaban de ser liberados de alguna prisión por delitos mayores, como intento de asesinato. Hay también quienes llegan vestidos como campesinos, con gruesas camisas de manga larga y botones y pantalones de tela; son los que fueron atrapados en el intento por entrar y raro es que bajen de los 40 años. Los menos son adultos que pasan de los 50 y que llegaron a Estados Unidos en la década de los ochenta o principios de los noventa, cuando aquí no había muro. Cuando Ciudad Juárez no era lo que es hoy.
Unos 6.000 mexicanos son devueltos cada mes por esta aduana. Los viernes a esta hora, parece la salida de un colegio, unos saliendo por una puerta y otros, los que los esperan, yendo a su encuentro.
Los agentes de las casas de cambio de dólares acosan a los deportados y les ofrecen el menor interés. Los rodean como a turistas en un mercado. Se esfuerzan por enganchar a los que ahora necesitan cambiar por pesos los billetes que fueron a buscar al otro lado. El grupo de Rodrigo, uno de estos cambistas, viste ropa anaranjada, similares a las del Grupo Beta, para intentar confundir al recién llegado que quiere orientación. Las tres jóvenes que trabajan para él usan diminutas calzonetas ajustadas y camisetas amarradas en la cintura, para enseñar los ombligos. Muestran sus morenas piernas mientras toman del brazo a los recién llegados y los encaminan hacia la casa de cambio.
“Nosotros solo les cobramos el 3%, lo hacemos más por ayudarlos que por otra cosa”, miente Rodrigo, que se queda con ocho dólares de cada cien que cambia por pesos. Sin embargo, en esta calle las opciones se miden en relación a cuál es la menos mala. El casino de la esquina se queda 30 dólares por cada 100 que recibe.
Su mecanismo es más sofisticado. La señora gorda que engancha a los deportados los trae desde adentro de las oficinas del puente Santa Fe, convencidos de que solo ahí se pueden conseguir pesos. “Son unos estafadores que pagan sobornos a las autoridades”, se queja Rodrigo, y voltea a ver con recelo hacia atrás. El dueño del casino, un señor largo y delgado, de pelo cano y enorme nariz aguileña empotrada en un rostro demacrado, nos filma con una pequeña cámara de video. “Siempre lo hace, para intimidarnos, para que no trabajemos en su esquina”, explica Rodrigo. La amenaza del larguirucho no va en la línea de mostrar el video a ninguna autoridad o al menos no para que esa actúe bajo el marco de la ley. Rodrigo tiene permiso para hacer su trabajo. Es más una amenaza del tipo “voy a enseñarle tu cara a cierta persona para que te la rompa si me sigues quitando clientes”. Rodrigo ya ha soportado dos golpizas: una de parte de policías que lo acusaron de resistencia al arresto, aunque él asegura que llegaron directo a apalearlo, y la otra que vino de los puños de dos cholos que lo esperaban en una esquina a dos cuadras de aquí.
“Cuídense mucho de los policías y de los rateros que andan por el puente. Están de acuerdo y son los que roban a los que vienen llegando”, nos advirtió al fotógrafo Edu Ponces y a mí el padre José Barrios, director de la casa del migrante de Ciudad Juárez, cuando nos dejó aquí hace unas horas.
Cuando aquí se habla de riesgo no se refieren a un muchacho que intenta arrancarle el bolso a un transeúnte desprevenido. Esas son anécdotas. El miedo viene de la mano de policías y narcotraficantes. Por eso, y porque no confiaban más en ellos, en octubre de este año, 300 policías municipales fueron sustituidos por militares de todo el país. Solo algunos agentes que superaron las pruebas de confiabilidad siguen en la corporación. Y según el padre Barrios, y a pesar de que a la mayoría los utilicen como motoristas de los soldados, aún hay que cuidarse de ellos.
Hoy no hay municipales. Nueve militares cargados con fusiles de asalto AR-15 vigilan el final de la avenida Juárez, la que termina o comienza en el puente, según se vea. Al menos siete negocios de esta arteria han cerrado este mes. Dueños de farmacias, bares y restaurantes han preferido largarse de esta zona antes que pagar los 20.000 pesos mensuales (unos 2.000 dólares) que exige a cambio de protección alguno de los dos cárteles de la droga que luchan por el control de la ciudad. Tanto el Cártel de Juárez como el de Sinaloa, dos de los grupos del crimen organizado más grandes de México, combaten por esta plaza fronteriza, y eso pasa por controlar más. Más personas, más calles, más autoridades.
No son grupos de pandilleros ni de traficantes de esquina. Son organizaciones que mueven a Estados Unidos cientos de toneladas de marihuana y metanfetaminas mexicanas, y de cocaína colombiana. El de Juárez fue el principal cártel mexicano durante la década de los noventa. Entonces, era dirigido por Amado Carrillo, “el Señor de los Cielos”. Carrillo fue algo así como el Pablo Escobar mexicano. Se ganó su apodo por su flota de Boeing 727 con la que, cada semana, pasaba a Estados Unidos cargas de cocaína valuadas por las autoridades estadounidenses en 200 millones de dólares. El Gobierno mexicano dijo que un cuerpo irreconocible que se encontró en 1997 en una sala de cirugía plástica era el de Carrillo. Desde su muerte o desaparición, el Cártel de Juárez es manejado por sus parientes y ha venido perdiendo protagonismo como consecuencia del incremento del poder de los cárteles de Sinaloa y el Golfo.
El de Sinaloa tiene estructuras en Centroamérica y Sudamérica. Lo dirige el narcotraficante más famoso de México, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, quien quiere despojar al de Juárez de su último reducto, la ciudad que les da el nombre. La buena estrella de El Chapo lució luego de su fuga de una prisión de máxima seguridad en 2003. Escapó escondido entre la ropa sucia, y ahora quiere ocupar el trono que “El Señor de los Cielos” dejó vacío. Lo disputa a balazos contra todos los demás.
Inmersa en esta guerra, esta ciudad ya se ganó el título de la más violenta del mundo entero. Según recuentos periodísticos, el enfrentamiento entre cárteles en el país ha dejado atrás a unas 4.550 personas asesinadas. De estas, 1,400 han caído en Ciudad Juárez. Estos números son solo de 2008. Desde finales del año pasado en Juárez hay una especie de toque de queda autoimpuesto. A las 5 de la tarde, cuando empieza a oscurecer, todas las voces recomiendan lo mismo: “Váyase a encerrar”. Cuatro personas nos han sugerido lo mismo hoy.
Debajo del puente, las luces del muro metálico de unos dos metros de altura que separa México de Estados Unidos ya iluminan toda la línea, y dos carros de la Patrulla Fronteriza se pasean por el lado estadounidense.
La barda fronteriza brilla, los deportados se amontonan en las camionetas del albergue y del Grupo Beta, las miradas de reojo se cruzan por toda la avenida, los militares están alerta, y la gente camina deprisa para irse de aquí o cruzar a Estados Unidos por la aduana. Para sentirse menos inseguros.
Así luce la caída de la tarde en el puente Santa Fe de Ciudad Juárez, la ciudad que pasó de recibir a miles de migrantes que iban de subida, a recibirlos de bajada, la ciudad donde hay que cuidarse las espaldas, la ciudad militarizada. Aquí, la suma de dos circunstancias terminó afectando a unos terceros: los migrantes. La guerra en Ciudad Juárez derivó en el aumento del control para evitar que este combate contagiara a las ciudades estadounidenses. Esa guerra lo cambió todo. A la vez, terminó con una zona de paso que incluso a principios de década seguía siendo de las más importantes.
Esta es una de las facetas de la frontera norte mexicana. Esta es Ciudad Juárez, uno de los cinco sitios fronterizos más relevantes de este país, una ciudad que poco a poco ha ido desapareciendo del mapa de los que buscan cruzar como indocumentados.
Sábado, 1 de noviembre
Un cuerpo que yace en la vía pública puede tener dos connotaciones muy diferentes en Ciudad Juárez: puede ser un ejecutado o un asesinado. El cadáver de un hombre del que ayer hablaron con brevedad los periódicos, hallado apuñalado en el extrarradio, era un asesinado. El hombre que anteayer apareció dentro de su camioneta blanca atravesado por 49 impactos de arma de grueso calibre en una céntrica colonia era un ejecutado. Si un hombre muere porque, tras una riña de bar, lo apuñalaron en la calle, murió asesinado. Todo cambia cuando a una persona la mata la mafia, un cártel, la delincuencia organizada. Y cuando la mafia mata, lo hace saber.
Ciudad Juárez tiene una serie de palabras que son parte del vocabulario de calle, palabras que se susurran: rafagueo, malandro, ejecutado, la mafia, el muro. Con la noche llega el encierro, y las palabras que se repiten sirven para formar anécdotas y advertencias. Anécdotas que advierten.
“Aquí ejecutaron ayer al dueño de esta funeraria. 12 disparos. En algo andaba metido”, nos dice el taxista que nos conduce hacia el hotel. “Era amigo mío.” Lo dice y señala una funeraria cerrada.
Cuando en una ciudad de 1.3 millones de habitantes asesinan en lo que va de año a 37 policías, queman 22 negocios por no pagar impuesto, secuestran a 38 empresarios, roban 10.000 vehículos, ocurren 52 asaltos bancarios, se autoexilian unas 5,000 familias, se movilizan 2,500 militares y, según las autoridades de seguridad juarenses, operan 521 pandillas aliadas a los cárteles, es necesario recurrir con insistencia a algunas palabras para describir la situación.
“Miedo”. Una de las empleadas de la casa del migrante –lo mejor es no revelar nombres– asegura que tiene miedo hasta de ir al baño de un lugar público, porque teme encontrarse una cabeza humana. Suena a paranoia, pero este año ya ocurrió dos veces.
“Encerrada”. Así dice que vive desde mediados del año pasado la señora que nos vendió el almuerzo en un changarro de la calle. Lleva 22 años en Ciudad Juárez, pero dice que “la guerra” (así llaman a lo que hacen los dos cárteles en disputa) empezó a finales de 2007 y que desde entonces “ya no puede uno ir a tomar una cerveza ni a ver una película ni a bailar”, porque no se sabe qué va a explotar, qué va a ser atacado con ráfagas de balas, dónde aparecerá la próxima cabeza. “De la casa al trabajo y de vuelta a guardarse.” El mes pasado vio al último ejecutado. Señala la casa rosada frente a su negocio: “Ahí, desde una camioneta le metieron un chorro de balas a un hombre que intentó escapar, a plena luz del día, como a las 11 de la mañana”.
“Largarme”. Eso dice que quiere hacer el único centroamericano que está hoy en el albergue. Es un hondureño de 26 años, que llegó a Ciudad Juárez porque la zona por la que pensaba pasar, la de Ojinaga, a unos 300 kilómetros al sureste, estaba imposible, con el río Bravo desbordado. Llegó aquí sin conocer. “A lo burro”, dice él. Y ahora solo quiere largarse. “Entre el muro y la delincuencia no se puede intentar por aquí”, comprende ahora, “ni trabajar para ganar un dinerito, porque dicen que muy peligroso es andar en cualquier lado”.
“Impuesto”. Según el dueño de un bar cercano al puente Santa Fe, eso es lo que acabó con la noche de Ciudad Juárez. En su bar apenas entran clientes. Hoy, aburrido a las 10 de la noche, toma un vino en la barra. Nadie más. “Los dueños han preferido cerrar porque les cobran impuesto o porque la gente por miedo deja de salir en la noche”, explica. Su bar se llenaba hace un año y medio. “Ya no, esto es lo peor, nunca había estado así la ciudad”, dice. A él ya le ocurrieron las dos cosas. Su negocio está vacío, y ya recibió una nota que le exige pagar 500 dólares mensuales si no quiere que su antro arda. No ha contestado. El último bar incendiado estaba en esta avenida. Fue hace cuatro meses. Fueron cinco hombres encapuchados, armados y cargados de bidones de gasolina.
Domingo, 2 de noviembre
“Pidámosle a Dios que perdone a los políticos que construyen estos muros”, reza Armando Ochoa, el obispo de la ciudad estadounidense de El Paso. Nosotros lo vemos a través de los barrotes, desde el lado mexicano.

Misa celebrada a las afueras de Ciudad Juarez, junto a la valla fronteriza. La misa se celebra en honor de los migrantes que intenyan cruzar el desierto para llegar a alguna ciudad de EEUU. Ciudad Juarez, Chihuahua (E. P.)
Al lado izquierdo del prelado, la malla que divide los dos países. A su derecha, el desierto. Delante y detrás, 38 postes de doble reflector, seis torres que detectan el movimiento y cinco todoterrenos de la Patrulla Fronteriza.
Unas 200 personas han venido de Estados Unidos y unas 500 del lado mexicano a la misa binacional de Anapra, la última zona de cruce en los alrededores de Ciudad Juárez. Este es el último reducto por donde algunos intentan dar el famoso brinco. Es significativo de la situación que este último paso posible sea el mismo donde está lo que ya se mencionó: desierto, 38 postes de doble reflector…
La idea no es muy inteligente. Al menos no estarán muy informados los que tratan por aquí. La Patrulla Fronteriza divide los 3,100 kilómetros de frontera en nueve sectores. El que más agentes tiene es el de Tucson, seguido por esta zona de El Paso, que incluye tramos de los estados de Nuevo México y Texas. 2,206 patrulleros buscan droga e indocumentados en 431 kilómetros lineales. Y puede que sean más, pues esta, la última información oficial, fue elaborada en octubre del año pasado, antes de que terminara el operativo Jump Star, con el que la se pasó de tener 14,000 agentes en toda la frontera a tener 18,000 y bajo el que prometió instalar más cámaras y sensores de movimiento. Además, entre los nueve sectores, este es uno de los seis donde hay muro, barda o malla, como sea que se le quiera llamar.
La Patrulla Fronteriza no construye muros ni instala reflectores con la migración como prioridad en mente. A estas alturas el interés principal es intentar detener la droga. Y El Paso es el segundo sector más vigilado.
“Pasan de madrugada, pero ya no muy seguido, porque está muy vigilada la zona desde principios de este año, porque mucha droga pasaba el año pasado”, explica un hombre que vive frente a la barda en esta colonia de casas fabricadas con lámina, cemento, teja, pedazos de carros. Es un pequeño poblado en las afueras de la ciudad, un asentamiento improvisado en medio de la tierra donde solo crecen arbustos que viven a pesar de que los achicharra el sol de día y el frío de noche.
Es la lógica de esta zona. Debido al narcotráfico, la vigilancia aumenta. La Patrulla Fronteriza informa que hasta que este año termine se seguirá construyendo muro. El próximo año ya se verá, depende de si los legisladores estadounidenses desembolsan los fondos para los tramos que ya fueron aprobados.
Cuando la vigilancia aumenta, los migrantes se van a zonas cada vez más remotas. Eso es Anapra, el asentamiento de Ciudad Juárez que linda con el desierto, el más alejado del casco urbano. Desde aquí hay que caminar unas cuatro noches, bordeando carreteras, para llegar a Las Cruces o a El Paso, los sitios más cercanos donde pedir agua, pan, transporte o una llamada telefónica.
“Tendríamos que extender las mallas hasta el mar si quisiéramos colgar una cruz por cada muerto en este desierto”, dice desde este lado del muro el obispo de Ciudad Juárez, Renato León, como parte de su homilía.

Cruces puestas en recuerdo a los que han muerto en el desierto en su intento de llegar a alguna ciudad de EEUU. Ciudad Juarez,Chihahua (E. P.)
Aquí no hay cifras absolutas. Cada quien dice la suya, y nadie contabiliza por zonas ni por nacionalidades ni por sexo ni edad. Muertos son muertos. Muertos en el desierto, en los ríos, en los cerros. Son migrantes muertos. El dato consensuado que manejan los organismos de defensa de los indocumentados en Estados Unidos es que desde 1994 que inició el primer operativo de protección fronteriza, el Operativo Guardián, han muerto 4,500 en su intento por dar el brinco. Esos son cadáveres encontrados y reportados como “migrante desconocido muerto”. Los mismos organismos que recopilan esta información la llaman “cálculos limitados”, “cifras conservadoras” o “datos incompletos”.
Las mesas principales, donde se consagra el pan y el vino, han sido ubicadas junto al muro metálico; una de cada lado. Los feligreses comulgan y se dan la paz metiendo los dedos por entre los agujeros de la barda.
La misa termina y la paz también. Cinco migrantes, quien sabe si mexicanos o centroamericanos, esperan a que la mesa del lado mexicano esté más desocupada para subirse y saltar. Un intento descabellado.
Uno tras otro hacen el salto inútil. Por poco no caen en brazos de unos agentes que los someten, los ponen dentro de la patrulla con jaula atrás y se los llevan. Edu Ponces corre con su cámara, pero la escena es fugaz. De este lado de la malla, los feligreses entonan su estéril coro: “Déjenlos, déjenlos, déjenlos”.
Si era su primer intento, en una semana estarán de vuelta en su país, sea cual sea. Si alguno era reincidente, ha tardado pocos segundos en ganarse de cinco a siete meses en alguna prisión.
Este salto alocado parece una de las pocas formas que quedan de intentarlo en Ciudad Juárez. En la misa fronteriza del año pasado dos personas corrieron la misma suerte. Las autoridades estadounidenses han amenazado con cancelar estos eventos. Entre el muro y los 2,206 patrulleros de esta zona, el salto de gato desde la mesa de la eucaristía parece una opción razonable. La otra alternativa implica pagar 8,000 dólares para conseguir una visa falsa en las casas de cambio cercanas al puente Santa Fe e intentar no ser descubierto en la aduana o pagar las consecuencias: hasta dos años preso por falsificación de documentos.
Los feligreses continúan con los saludos entre la valla, hasta que los patrulleros empiezan a pedir a toda la gente del lado estadounidense que se retire.
Lunes, 3 de noviembre
Tres hondureños más llegaron anoche al albergue de Ciudad Juárez. El resto son mexicanos deportados. Hay 40 personas esta noche en las literas del centro de acogida. Es el albergue mejor equipado de los 12 que conozco. Los pabellones de hombres y mujeres están separados, cada uno con sus baños y duchas. El comedor es amplio e iluminado y todo está dentro del edificio de bloques construido atrás de la casa de los frailes. En los dormitorios hay camarotes en perfecto estado y gruesas mantas para las noches de frío. Incluso hay una sala de proyecciones con una pantalla gigante que se habilita para ver televisión por las tardes. Cada noche un grupo de voluntarios prepara la comida, y se come caliente y abundante. A menudo se sirve carne.
Uno de los hondureños ha llegado aquí por la misma razón por la que llegó el que conocí el sábado. La zona de Nuevo Laredo estaba intratable. Las fuertes lluvias tenían al río Bravo crecido y sus corrientes más fuertes de lo habitual. Entonces decidió remontar el curso del río para buscar un lugar por donde probar suerte. El siguiente sitio de paso que él había escuchado mencionar era Ciudad Juárez. Seguro que lo escuchó de un inexperto en el camino.
Ahora, mientras fumamos unos cigarros en el patio del albergue, sabe que cometió un error. “Aquí no hay trabajo y está demasiado peligroso andar por la ciudad. Además, casi no hay zonas por donde se pueda pasar”, se lamenta. Sin embargo, un mexicano de 41 años que ya lleva tres noches en el albergue lo ha convencido de intentarlo mañana en Anapra.
Según el mexicano, que fue deportado tras 22 años en Estados Unidos, hay un punto, subiendo un poco por el cerro yermo, donde es posible saltar la valla e internarse en el desierto antes de que la patrulla vuelva a pasar. Él pasó por ahí hace 22 años. Pero entonces, Ciudad Juárez no vivía una guerra ni tenía muro ni había miles de patrulleros patrullando. En aquel entonces, cuenta el mexicano, caminó cuatro horas hasta El Paso.
Los otros dos hondureños solo quieren irse de este lugar, pasar al estado vecino de Sonora y probar por el desierto de Altar, el único sector más vigilado que este, pero también el que ofrece una geografía más complicada para los recorridos de la Patrulla Fronteriza. Allá hay sitios que solo pueden transitarse a pie o en caballo y eso elimina a los patrulleros en vehículo. Los hondureños llegaron aquí porque se dejaron llevar. Un compatriota con el que coincidieron en el tren les aseguró que él conocía una manera de cruzar por Ciudad Juárez. Los ilusionó cuando les dijo que por 200 dólares sabía cómo conseguir una visa falsa. Le creyeron, pero él nunca regresó a la plaza donde les pidió que lo esperaran. Cuando se viaja por primera vez por este país, es muy fácil ser engañado, porque aún no se tiene claro que la desconfianza es la primera regla del camino.
Les pregunto si no han averiguado cómo están las cosas en Ciudad Juárez. Por su respuesta, es claro que sí lo han hecho: “Miedo nos da salir, porque dicen que muchos malos andan por las calles, y nadie nos sabe decir por dónde pasar”. Los pocos centroamericanos que tienen la suerte de encontrar este impoluto albergue son los desorientados.
La lógica planteada por este hondureño es la que genera que Ciudad Juárez, otrora una de las ex capitales fronterizas de la migración, ya no sea tierra de indocumentados: hay una guerra entre cárteles, a la que Estados Unidos responde con vigilancia. Una cosa deriva en la otra, y las consecuencias las pagan los migrantes.
Jueves, 6 de noviembre
Hoy regresamos. Martes y miércoles los pasamos fuera de la ciudad, conociendo otras zonas cercanas. La vida en Ciudad Juárez siguió su abrumadora normalidad. Algunos de los titulares informativos de esos días hablan de la vida de este lado del muro: “Asesinan a otros tres”, “Denuncian comerciantes extorsiones de policías”, “Registran 507 vehículos incendiados en 10 meses”, “Los queman en negocio”, “Prenden fuego con gente dentro”, “Tenía cabeza deshecha”, “Amenazados de bomba”, “Causa indignación cuerpo colgado en puente”.
Una periodista de El Diario de Juárez nos llama. “Hay otro ejecutado”, dice. Edu y yo nos dirigimos hacia una colonia céntrica. En un pequeño predio que hace de intersección entre dos calles yace un hombre con 19 agujeros de bala. Los periodistas, unos tres que han llegado al lugar, buscan la fotografía. Lo demás poco importa. Un ejecutado más. “Vinieron en un carro, se bajaron tres hombres y ahí lo tienes: pum, pum, pum”, nos resume uno de los fotógrafos mientras come una bolsa de chucherías. Al irse, los asesinos gritaron: “¡Por rata!” Unos niños juegan alrededor del predio mientras los forenses embolsan al muerto, los vecinos pasan la tarde de charla en las gradas de sus entradillas. No hay sobresalto. El narco ha matado otra vez. Tan común como que dos carros choquen en la autopista.
El pasado martes, el mismo día en que el cuerpo sin cabeza colgó de un puente cercano al de Santa Fe, otro cadáver amaneció crucificado del balcón de un centro comercial con una máscara de cerdo en el rostro y dos agujeros de bala en el pecho. La noche de ayer, hubo 13 ejecuciones. Cuando la mafia mata, lo hace saber. Deja su firma.
Esta parte de la frontera está inmersa en una locura más propia de una zona de guerra civil. El complemento para todos los trágicos titulares apareció también en los periódicos: “No estábamos diseñados para enfrentar tal inseguridad”. Lo dijo el encargado de la Procuraduría de Seguridad de Chihuahua, el estado donde se encuentra Ciudad Juárez.
Como nos dice por teléfono Rodolfo Rubio, investigador en la ciudad del Colegio de la Frontera Norte, “no es raro que el flujo haya disminuido en esta zona”. A mediados de la década pasada, por Ciudad Juárez pasaba entre el 12 y el 15 por ciento del total de migrantes centroamericanos y mexicanos. A partir de 2000, esos números empezaron a bajar. En la actualidad solo el 2% de los indocumentados que detiene el Migración mexicana son atrapados en Chihuahua, a pesar de ser el más grande de México y el que más kilómetros de frontera comparte con Estados Unidos.
Rubio cree que esto se debe a que debido a la guerra cada vez más esta frontera está vista por ojos de los más de 2,200 agentes y por una cantidad de cámaras que la Patrulla Fronteriza no especifica por “razones de seguridad”.
Son pocos los que estudian el terreno. Los que más prueban a cara o cruz. Se suben a un tren que los lleva a algún lado que generalmente desconocen, como los hondureños que llegaron aquí porque sí, porque más abajo estaba inundado. Sin embargo, Rubio cree que hay una vox populi en el camino que determina el rumbo de muchos. No un rumbo exacto, sino un conocimiento vago de por dónde es mejor no intentarlo. Es la voz de los coyotes, que esparcen algo de su conocimiento por donde pasan. Ellos sí saben, no por documentos oficiales, sino por vivencias en el desierto, en los cerros y en el río Bravo, por dónde hay más vigilancia, más motos, caballos, carros, agentes y sensores.
Las entrevistas realizadas por Rubio a los mexicanos deportados por el puente Santa Fe han revelado que la mayoría de los que salen por aquí, unos 72,000 cada año, entraron por otra frontera, pero las autoridades estadounidenses, para obstaculizar un más que probable reintento, los dejan aquí, conscientes de que este es uno de los puntos menos amigables para cruzar.
Rubio suma dificultades: “Es casi imposible que un migrante, por su voluntad y sin ayuda, pase por las zonas de Ciudad Juárez, porque son territorios controlados por el crimen organizado, de tal manera que solo que contraten a personas vinculadas al narco podrían utilizar estas zonas”.
La misma historia de siempre en este camino. Mientras tanto migrantes como narcotraficantes busquen en México zonas alejadas del control del Estado, unos para pasar ellos y otros para pasar sus drogas, los indocumentados seguirán entrando sin permiso en los terrenos del narco. Y los narcos enseñándoles que sin pagar, por esos lugares no se entra ni se sale impune.
Son las 6 de la tarde, y María deja de correr de arriba para abajo y se sienta a conversar. Sobra decir que no se llama María. Trabaja cerca del puente Santa Fe, vende boletos de autobús a mitad de precio a los deportados, para que regresen a sus casas. Dan un descuento por convenio con el Grupo Beta. Desde hace más de un año trabaja cada día en esta esquina, relacionándose con estafadores y delincuentes.
En sus palabras, Ciudad Juárez y su suma de circunstancias vuelven a derivar en lo mismo: inseguridad más autoridades corruptas más vigilancia estadounidense del otro lado del muro igual a “tengan mucho cuidado”.
“En esta calle desde que entras estás vigilado. A ustedes ya los tendrán bien controlados”, dice. Le refuto que hemos venido varias veces, y que no nos ha pasado nada. “Claro –responde–, porque no han hecho nada que los moleste.”
¿Que moleste a quién? Esta es una pregunta que en Ciudad Juárez cuesta contestar. ¿A los estafadores? ¿A los policías corruptos? ¿A los esbirros de los cárteles? ¿A los militares? ¿A los dueños de los casinos? ¿A las prostitutas que engañan a los deportados para llevarlos a una esquina desierta a que los asalten unos matones? Todos ellos conviven en esta esquina, frente al puente Santa Fe, a unos metros de Estados Unidos. ¿A quién no hay que molestar?
María no lo sabe a exactitud. Lleva un año aquí corriendo de arriba para abajo con los deportados, con apenas tiempo para tomar un vaso con agua. Ella lo que hace es ejemplificar en primera persona: “Esta semana nos han venido a amenazar dos veces. No sé si eran de la mafia o los polleros. No les gusta que les quitemos a los deportados. La primera vez nos amenazaron por teléfono. Luego, vino un hombre encapuchado a decirnos con palabras altisonantes que cerremos el negocio”. O cierran, hijos de su puta madre, o le prendemos fuego al changarro. Esas fueron las palabras altisonantes.
Lo de la mafia ya no resulta sorpresivo. Atacan cuando no se les paga y han quemado muchos negocios en esta calle. Es una dinámica común, pero ¿y los polleros? ¿Qué hacen aquí si casi nadie intenta pasar?
“Mire –explica–, aquí hay muchos polleros que están enganchando a los migrantes que vienen deportados o a algunos centroamericanos que se acercan a preguntar. Claro, no los va a ver en las calles, están dentro de las casas de cambio, hoteles o en los casinos. Estos polleros se los llevan a otros estados.” Mientras haya deportados, el negocio no muere. Los migrantes en Ciudad Juárez, aunque menos, aún dan empleo.
Una última pregunta para María: ¿por qué no pasan por aquí esos polleros? La respuesta que nos da es la misma que retumba en el día a día de esta ciudad: “Porque está muy difícil por el muro y, de un año para acá, por la guerra de los narcotraficantes”.
Sábado, 8 de noviembre
Hoy en la mañana dejamos la ciudad. Fuimos a El Paso para poder volar hacia Laredo, Estados Unidos, y de ahí cruzar de nuevo a México, a Nuevo Laredo, para ver el paso de indocumentados por el río Bravo. En el avión abro El Diario de Juárez. En la página 11A hay una carta de un lector que describe a la perfección lo que muchos juarenses sienten. Se trata de una petición que se convierte en un documento valioso, en un testimonio desesperado, una declaración de quién manda en la ciudad:
“Señores sicarios: Soy un ciudadano harto de mis autoridades por inútiles y buenos para nada. Por eso me dirijo a ustedes con todo respeto, porque no quiero ser uno más en las estadísticas, y les sugiero lo siguiente: estoy dispuesto a pagar lo correspondiente a impuestos a ustedes, estoy dispuesto a respetar sus negocios y no meterme ni para bien ni para mal.”
“Estoy dispuesto a aceptarlos como autoridades. A cambio de esto, pido: apoyo para que el Gobierno inútil no nos cobre impuestos (que se los voy a pagar a ustedes). Respeto a los empresarios, para que podamos seguir trabajando y pagarles (impuestos). Respeto a los periodistas. Que sus peleas y balaceras sean fuera de la ciudad, que haya seguridad para nuestros hijos y familiares. Que podamos salir a la calle sin miedo a un ataque y a estar en fuego cruzado. Que los ejecutados sean personas que perjudiquen a la sociedad.”
“Si la autoridad no puede, apóyennos, que nosotros los apoyaremos.”

